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Capitulo 10

Chapter 10 by K45

Damián estacionó la motocicleta frente a la tienda de ropa donde Alison trabajaba y entró al local para reportarse con el encargado. Mientras acomodaba un par de prendas en los exhibidores, sintió el roce de la mezclilla contra la intimidad desnuda del contenedor y la vibración constante del Nivel 12 en su muñeca izquierda.

Miró de reojo la pulsera holográfica, que seguía brillando con ese imponente tono dorado. El juego en este cuerpo había sido sumamente entretenido, y la fotografía de su yo original con Sarah ya estaba a salvo en la memoria del dispositivo. Tras sopesar las opciones, Damián decidió que ya era suficiente. El cansancio biológico de saltar de un contenedor a otro y el deseo de reclamar los cambios permanentes que había sembrado en Brenda, Sarah, Alison y las demás lo hicieron tomar la decisión definitiva.

«Ya es hora de terminar con esto», pensó con una sonrisa fría y masculina. «De todas formas, el artefacto solo tardará una semana en recargarse. Después de siete días, podré elegir a cualquier otra mujer de la ciudad».

Sin perder un segundo más, Damián aprovechó un momento a solas en el mostrador del local, levantó la muñeca de Alison y presionó con firmeza el comando dorado de la interfaz cuántica: "Terminar Bucle Temporal".

La pantalla del Nivel 12 soltó un destello cegador de líneas de código azul neón que envolvió por completo su visión. El entorno de la tienda de ropa, los maniquíes y la fisonomía estilizada de Alison se disolvieron en un torbellino cuántico. Sintió una fuerza gravitacional inmensa que arrancó su conciencia del cerebro de la joven, arrastrándolo a toda velocidad a través del tejido de la Matrix, de regreso hacia su verdadero origen.

El regreso no fue un simple parpadeo; fue una caída libre que terminó con un sobresalto violento.

Damián abrió los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire profunda. Se encontró bocarriba, sintiendo el peso familiar y tosco de su propio cuerpo biológico de veintiún años. Lo primero que percibió fue el tacto áspero de las cobijas de su propia cama y el olor característico de su habitación en la casa verde. Se incorporó de inmediato, tocándose el rostro con sus manos masculinas de dedos largos y comprobando la firmeza de su propia musculatura.

Estaba de vuelta en su cuerpo original.

Con el corazón latiéndole a prisa, estiró el brazo hacia la mesa de noche y tomó su teléfono celular para verificar el impacto de la transición. Encendió la pantalla digital y miró fijamente los números del sistema. La Matrix del treinta de marzo por fin se había roto: el reloj marcaba una fecha completamente nueva, el día siguiente al bucle eterno. El calendario confirmaba el avance del tiempo ordinario, y la pulsera en su muñeca izquierda ahora lucía completamente opaca y gris, en un estado de hibernación absoluta que duraría una semana exacta.

Damián soltó una risa ronca y profunda que resonó en las paredes de la recámara. El bucle había terminado, pero el verdadero caos apenas comenzaba en su vida, con mujeres completamente modificadas y convencidas de que sus más bajos instintos hacia él eran parte de su propia voluntad.

Damián dejó atrás la confusión del despertar y guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón de mezclilla. Al salir de su recámara, el peso y la altura de su cuerpo original de veintiún años se sentían sólidos, reales. Descendió los escalones de la casa verde hacia la cocina, guiado por el aroma a comida casera que inundaba la planta baja.

Al entrar, vio que únicamente su madre estaba ahí, de espaldas, concentrada frente a la estufa cocinando el almuerzo. El ambiente hogareño y tranquilo contrastaba de forma brutal con el caos cuántico que él había provocado apenas unas horas atrás en las mentes de Sarah, Alison y Brenda.

—Qué bueno que ya despertaste, hijo —saludó su madre sin voltear, moviendo una sartén—. Siéntate, que ya casi está la comida.

—Gracias, má —respondió Damián con su voz ronca y natural, tomando asiento en una de las sillas del comedor.

Mientras esperaba que sirvieran el plato, la curiosidad y la adrenalina lo impulsaron a sacar de nuevo el celular. Desbloqueó la pantalla y entró directamente a la aplicación de su banco. Al cargar la interfaz digital, los ojos de Damián se abrieron de par en par y una sonrisa de absoluta incredulidad se dibujó en su rostro.

Ahí estaba, reflejado en el saldo de una cuenta bancaria completamente nueva y blindada: $1,000,000 USD.

La transferencia multimillonaria que él mismo había mandado a que depositaran cuando fue Rihanna, y que hace poco había visto como una simple nota de chismes en la televisión del departamento de Sarah, se había materializado de forma irrevocable en el mundo ordinario. La Matrix del Nivel 12 había consolidado el movimiento financiero. Ya no era el muchacho con limitaciones económicas del barrio; ahora era un chico con algo de dinero, y nadie en el mundo real tenía la menor idea de cómo o por qué la superestrella del pop le había enviado semejante fortuna.

Con un millón de dólares en el banco y el control absoluto sobre las vidas y los deseos de las mujeres del sector, Damián guardó el teléfono justo cuando su madre se acercaba a la mesa con el plato humeante, listo para empezar a desplegar su nueva existencia en este definitivo treinta y uno de marzo.

Damián apenas estaba guardando el teléfono cuando el sonido de la puerta principal interrumpió el ambiente de la cocina. Unos pasos ligeros y decididos se escucharon en el pasillo, y un segundo después entró Fernanda, su hermana melliza.

La atmósfera en la habitación cambió de inmediato. Damián la observó en silencio, recordando perfectamente los efectos del Nivel 12 y el orden exacto de los hilos que había tejido. Como Fernanda había sido la segunda persona en la que implantó la réplica psicológica del artefacto, la reescritura en su mente era absoluta y permanente ahora que el tiempo avanzaba en este treinta y uno de marzo.

Fernanda entró con una blusa ligera y un short corto, dejando ver su figura esbelta. Al cruzar la mirada con Damián, en lugar del trato casual o los pequeños roces comunes entre hermanos que solían tener en el pasado, sus ojos reflejaron una chispa de absoluta sumisión y una fijeza que denotaba un profundo secreto compartido. Se acercó a la mesa de forma sumamente dócil, arrastrando los pies descalzos, y se colocó justo al lado de la silla de Damián.

—Hola, Damián... Buenos días —murmuró Fernanda con una voz inusualmente suave y baja, casi un susurro para que su madre, que seguía de espaldas frente a la estufa, no notara el cambio de tono.

Sin que su madre pudiera verlo, Fernanda inclinó sutilmente el torso hacia él, un movimiento que denotaba una completa disposición y obediencia corporal, como si su cerebro asimilara que cada uno de sus pensamientos y acciones le pertenecían por completo a su mellizo. La réplica que Damián había dejado en su mente funcionaba a la perfección: ella recordaba de forma nítida la experiencia como algo que deseaba desde el fondo de su ser, aceptando su rol sin una sola pizca de resistencia.

Damián la miró de arriba abajo con una sonrisa de total superioridad, saboreando el peso de su posición. No solo tenía un millón de dólares en la cuenta y el control absoluto de la situación en casa con Fernanda, sino que el tablero entero de la ciudad —desde la vecindad hasta los sectores más exclusivos— ya estaba configurado a su favor con cada una de las mujeres que habían formado parte de su recorrido.

Fernanda le dirigió una última mirada cargada de docilidad y, manteniendo la cabeza sutilmente baja en señal de respeto, dio media vuelta para subir las escaleras en silencio hacia su habitación, dejando a Damián solo en el comedor. El poder del Nivel 12 se sentía absoluto en cada rincón de la casa verde.

Damián le avisó rápidamente a su madre que tenía unos asuntos pendientes fuera, se levantó de la mesa y salió a la calle, sintiendo el sol del treinta y uno de marzo sobre el rostro. Apenas había caminado unos metros por la acera cuando el rugido de un motor rompió la tranquilidad del barrio. Una motocicleta de mediana cilindrada avanzó a gran velocidad por la avenida y se detuvo justo frente a él, bloqueándole el paso de forma decidida.

La conductora se apagó el motor, se llevó las manos a la cabeza y se retiró el casco con un movimiento fluido de su cabello: era Alison.

Sin rastro de la playera gris de dormir con la que él la había dejado en el bucle, la joven lucía un pantalón ajustado que remarcaba su silueta. Se bajó del vehículo, caminó directamente hacia Damián con paso firme y se detuvo a escasos centímetros de su pecho, mirándolo con unos ojos desbordantes de sumisión y devoción carnal.

—Cumplí con todo lo que me ordenaste... —murmuró Alison con su voz dulce y madura, hablando lo suficientemente claro para que él notara su entrega—. A partir de hoy, tú vas a ser mi hombre definitivo, y yo voy a ser tu perra más obediente. Estoy lista para lo que quieras hacer conmigo y con mi familia.

En ese preciso instante, el teléfono celular en el bolsillo de Damián comenzó a vibrar con insistencia. Lo sacó y vio un mensaje de texto de su amigo Cris, el cual decía con desesperación:

«¡Güey, no lo puedo creer! Alison me mandó un mensaje horrible terminándome. Dice que ya tiene a otro hombre que la va a ayudar y que se va a meter con él. Estoy como loco, no sé qué hacer».

Damián soltó una carcajada ronca, sintiendo el enorme peso de la superioridad que le daba el artefacto y su nueva fortuna. Sin dudarlo, le respondió de inmediato con total frialdad:

«Ya lo sé, Cris. Porque ese otro hombre del que habla... soy yo».

El teléfono no tardó ni cinco segundos en sonar. Era una llamada directa de Cris. Damián presionó la pantalla y contestó, escuchando al instante los gritos furiosos y desencajados de su amigo al otro lado de la línea.

—¡¿Qué carajos te pasa, Damián?! —bramó Cris, con la voz quebrada por la ira y la traición—. ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Era mi novia, güey! ¡¿Con qué derecho te metes con ella y me haces esta porquería?!

Damián ni siquiera se molestó en responder con insultos; simplemente mantuvo una sonrisa burlona en el rostro. Miró a Alison y, con un ligero movimiento de cabeza, le indicó lo que tenía que hacer. La joven captó la señal de inmediato. Se acercó aún más al cuerpo de Damián, rodeó su cuello con los brazos y le plantó un beso profundo, húmedo y lascivo directamente en la boca, entregándose por completo a él a plena luz del día.

Para rematar la humillación, Damián activó la videollamada del teléfono, apuntando la cámara directamente hacia ellos para que Cris presenciara la escena en tiempo real a través de la pantalla. Al ver a su ahora exnovia besando con total devoción y lengua al que consideraba su amigo, el cerebro de Cris no pudo soportar el impacto; soltó un grito de rabia impotente y colgó la llamada de golpe, dejando la línea en completo silencio.

Damián cortó la comunicación, guardó el dispositivo en la bolsa del pantalón y pasó un brazo por la cintura de Alison, disfrutando de cómo el tablero de su nueva realidad se consolidaba pieza por pieza bajo el control de su voluntad.

Alison se separó lentamente del beso, relamiéndose los labios con una mirada cargada de una devoción absoluta. El Nivel 12 había hecho su trabajo a la perfección: para ella, Cris ya no existía más que como un mal recuerdo de una relación tóxica, mientras que Damián se había convertido en el eje central de su vida, su salvador económico y el dueño absoluto de su voluntad.

—¿Qué quieres que haga ahora, mi amor? —preguntó Alison, manteniendo una mano apoyada firmemente sobre el pecho de Damián, completamente ajena al dolor o la furia que Cris estuviera experimentando en ese momento—. Si quieres, podemos irnos en la moto ahora mismo a mi casa. Javier debe de estar en el taller, así que tendremos todo el lugar para nosotros solos.

Damián la miró de arriba abajo, relajando los hombros mientras asimilaba la tremenda posición de poder en la que se encontraba. Con un millón de dólares asegurados en su cuenta bancaria gracias al desvío de Rihanna, su hermana melliza Fernanda totalmente sumisa en casa, y Alison rindiéndole pleitesía en plena calle tras haber destrozado psicológicamente a Cris, el panorama no podía ser más perfecto. Además, sabía que aún le faltaba ver los efectos del bucle en Vanessa, Beatriz, Morgana, Evelyn, Brenda y Sarah. El vecindario entero se había transformado en su patio de juegos personal, y la pulsera en su muñeca, aunque ahora apagada, era la promesa de que en una semana el poder se expandiría aún más.

—Guarda el casco en la mochila, Alison —ordenó Damián con voz firme y pausada, disfrutando de cómo la joven acataba la instrucción de inmediato y sin parpadear—. Vamos a dar una vuelta. Quiero ver qué tanto ha cambiado este lugar desde que tomé el control.

Alison asintió con una sonrisa sumisa, dio media vuelta mostrando el ajuste perfecto de su pantalón de mezclilla y se subió a la motocicleta, esperando a que su nuevo dueño montara detrás de ella para guiarla por las calles del barrio en este triunfal treinta y uno de marzo.

Damián montó en la parte trasera de la motocicleta, acomodándose detrás de Alison. Colocó sus manos con firmeza sobre la cintura de la joven, sintiendo la suavidad de su piel justo donde la blusa ligera se levantaba un poco debido a la postura de manejo.

—Vamos al otro lado de la ciudad —le ordenó Damián al oído, dándole la dirección exacta del exclusivo edificio de departamentos donde vivía Sarah—. Quiero revisar un asunto por allá.

—Lo que tú digas, mi amor —respondió Alison con total docilidad, metiendo la primera velocidad y acelerando a fondo para incorporarse a la avenida principal.

A los pocos minutos de viaje, aprovechando las vibraciones constantes del motor y las frenadas en los semáforos, Alison comenzó a deslizar su cuerpo sutilmente hacia atrás sobre el asiento. Con total intención y morbo, empujó sus glúteos firmes contra la entrepierna de Damián, buscando el contacto directo con su miembro oculto bajo la mezclilla. Empezó a restregarse de forma rítmica con cada cambio de marcha, soltando pequeños suspiros que se perdían con el viento de la velocidad.

Damián notó de inmediato sus intenciones, pero en lugar de detenerla, se limitó a sujetarla con más fuerza, disfrutando del estímulo biológico y de la sumisión explícita del contenedor de su amigo Cris. Mientras cruzaban los límites del barrio, la mente de Damián se puso a trabajar en el panorama completo de su nueva realidad. Aunque estaba ansioso por comprobar las secuelas definitivas del Nivel 12 en Sarah y en el resto de las mujeres de la lista, sabía que había un cabo suelto gigantesco en su tablero de poder.

«Las de aquí ya están aseguradas», pensó Damián, mirando el paisaje urbano cambiar conforme se acercaban a la zona residencial de alta plusvalía. «Pero de todas las mujeres en las que estuve, hay una que va a ser la más difícil de manejar a distancia: Rihanna».

El millón de dólares ya estaba seguro en su cuenta bancaria, lo que confirmaba que la reescritura de la Matrix había sido un éxito rotundo. Sin embargo, a diferencia de las vecinas y conocidas del barrio a las que podía vigilar y someter en persona diariamente, la superestrella del pop se encontraba en otra escala social, rodeada de seguridad, contratos y medios internacionales. Damián sabía que el eco psicológico que había dejado implantado en el cerebro de la cantante la mantendría atada a él, pero descifrar cómo cobrar esa devoción en el mundo real iba a requerir un movimiento maestro una vez que el artefacto volviera a encenderse en siete días.

Saliendo de sus pensamientos, la motocicleta finalmente se adentró en las calles pavimentadas y arboladas del sector exclusivo. Alison redujo la velocidad y se orilló con suavidad justo frente a la imponente fachada del edificio de departamentos de Sarah.

Damián bajó de la moto, ajustándose el pantalón mientras observaba los ventanales del complejo residencial, listo para entrar y presenciar cómo la réplica de su personalidad había destrozado la cordura y la moralidad de su mejor amiga de la infancia tras el cierre del bucle cuántico.

Damián caminó con paso firme hacia la entrada del exclusivo complejo residencial, con Alison siguiendo de cerca sus pasos, manteniendo el casco bajo el brazo y mirándolo con absoluta devoción. Gracias a la memoria residual del Nivel 12, Damián recordaba con total precisión el número del piso y la ubicación exacta del departamento de Sarah. Cruzaron el vestíbulo sin que el personal de seguridad se interpusiera, subieron por el ascensor y avanzaron por el pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la puerta indicada.

Damián extendió la mano y tocó dos veces con firmeza. Unos segundos después, el cerrojo giró y la puerta se abrió, revelando a Ana, la compañera de departamento de Sarah. Al ver al joven de veintiún años parado en el umbral junto a una mujer desconocida, Ana parpadeó confundida, reconociéndolo de inmediato por el testimonio y las visitas previas.

—Hola, Damián... —saludó Ana, mirándolo de arriba abajo—. Qué sorpresa tenerte por aquí.

—Hola, Ana. Vengo a buscar a Sarah. ¿Está? —preguntó Damián con su característica voz ronca y segura.

—Sí, claro, pasen. Está en la sala terminando de arreglar unas cosas —respondió Ana, abriendo la puerta por completo para dejarlos entrar al espacioso y lujoso recibidor.

Sin embargo, antes de que Damián pudiera dar un paso hacia el interior, las palabras de Ana encendieron los celos posesivos y la sumisión distorsionada que el artefacto había implantado en el cerebro de Alison. La joven detuvo la marcha de golpe, arrugó la frente con una furia evidente y clavó sus ojos en Damián, completamente indignada por la existencia de otra mujer en el panorama.

—¡Espera un segundo! —reclamó Alison en un tono de voz alto y demandante, rompiendo la tranquilidad del lugar—. ¿Quién carajos es Sarah? ¿Acaso ella es tu otra perra de mierda? ¡Tú me dijiste que yo era la única! ¡Yo soy tu perra de mierda y nadie más va a tomar mi lugar contigo!

Ana se quedó completamente petrificada junto a la puerta, con la boca abierta y los ojos desorbitados, sin poder dar crédito a la sarta de vulgaridades y a la escena tan bizarra que esa completa desconocida estaba armando en su propia sala.

Los gritos resonaron con tanta fuerza en las paredes del departamento que Sarah no tardó en aparecer desde el pasillo del fondo. Lucía una blusa ligera y el cabello ligeramente desarreglado, pero al escuchar los reclamos de Alison y ver a Damián parado en la entrada, su rostro se encendió en una mezcla de indignación aristocrática y la lascivia sumisa que el bucle del treinta de marzo había fijado en su mente.

—¡¿De qué demonios estás hablando?! —intervino Sarah, dando un paso al frente y mirando a Alison con un profundo desprecio, aunque sus ojos buscaban desesperadamente la aprobación de Damián—. ¡Yo no soy la perra de mierda de nadie, estúpida! ¡Yo soy la amiga sexual y sumisa de Damián! ¡Él es mi dueño y el único hombre al que le permito dominarme en esta vida, así que mídete con tus insultos en mi propio departamento!

Ana se llevó las manos a la cabeza, retrocediendo un paso hacia la pared mientras miraba alternadamente a Sarah y a Alison, completamente estupefacta por ver cómo dos mujeres se disputaban la total degradación y sumisión ante el mismo muchacho del barrio, quien simplemente permanecía en el centro de la habitación con una sonrisa gélida y victoriosa en el rostro, disfrutando de cómo el Nivel 12 había quebrado por completo la moralidad de su entorno.

Ana dio un paso atrás, con la espalda completamente pegada a la pared del recibidor, sintiendo que la realidad misma se estaba distorsionando frente a sus ojos. La tensión sexual y el morbo que emanaban de Damián parecían actuar como un imán invisible y destructivo sobre el cerebro de las dos jóvenes.

Para aumentar el asombro de Ana, tanto Sarah como Alison, cegadas por la competencia de ver quién era más dócil ante su dueño, comenzaron a despojarse de sus prendas con una prisa frenética. Los botones y las telas cayeron al suelo alfombrado en segundos. Como ninguna de las dos llevaba ropa interior debido a las audaces decisiones de Damián en el bucle, sus anatomías perfectas quedaron expuestas al desnudo de inmediato. Los pechos de ambas se agitaron con fuerza y sus zonas íntimas, completamente lubricadas y goteando fluidos debido a la cercanía de Damián, brillaron bajo las luces del departamento.

Sin importarles la presencia de Ana, las dos mujeres desnudas se abalanzaron hacia Damián. Sarah se pegó a su brazo derecho y Alison al izquierdo, estregando la firmeza de sus pechos directamente contra los bíceps del joven. Al mismo tiempo, tomaron las manos masculinas de Damián y las guiaron a la fuerza hacia sus respectivas entrepiernas, obligándolo a sostener sus intimidades calientes y chorreantes en un acto de sumisión absoluta. Damián solo soltó una sonrisa de total superioridad, disfrutando del control que el Nivel 12 le otorgaba sobre sus mentes.

Sin embargo, en medio del frenesí, nadie se había percatado de que la puerta principal no había cerrado por completo al entrar.

De repente, un par de golpes suaves resonaron en la madera y la puerta se empujó sola hacia el interior. En el umbral apareció el mismo joven vecino del edificio, aquel que el día anterior —durante el bucle cuántico— había visto a Sarah completamente desnuda.

El muchacho se quedó completamente mudo, con los ojos desorbitados al encontrarse de frente con la escena: no solo estaba Sarah otra vez desvestida y gimiendo, sino que a su lado había otra mujer igual de sexy y desinhibida, ambas pegadas al mismo hombre en medio de la sala. El impacto visual fue tan violento que el joven sintió una erección instantánea marcarse bajo su pantalón.

—¡Ah... yo... lo siento mucho! ¡Equivocación de departamento! —alcanzó a balbucear el vecino con la voz temblorosa y el rostro encendido de rojo.

Aterrado pero con la mente volando en morbo, dio media vuelta de inmediato y se alejó corriendo por el pasillo del edificio, dejando la puerta abierta tras de sí. Damián observó el pasillo vacío y luego miró a las dos mujeres que seguían frotándose contra él, completamente ajenas a cualquier rastro de vergüenza en este caótico treinta y uno de marzo.

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