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8.-

Chapter 8 by K45

Erick flotaba pacíficamente cerca del techo, disfrutando de cada detalle de la comedia dramática que se desplegaba bajo sus pies. La sala de su casa, que por años había sido un espacio tranquilo y modesto, ahora parecía el centro de operaciones de un culto surrealista o la cumbre de un imperio en construcción.

Los dos abogados enviados por el padre de Cinthya cruzaron el umbral con paso firme pero con expresiones de evidente desconcierto. Vestían trajes de corte italiano impecables y portaban maletines de cuero fino, un contraste abismal con la alfombra desgastada y las paredes de pintura vieja de la casa. Justo detrás de ellos entró el arquitecto enviado por la madre de Darla, cargando un rollo de planos bajo el brazo y una tableta digital.

—Buenas tardes... ¿La señora Elena? —preguntó el abogado principal, un hombre de cabello cano y lentes de armazón dorado, ajustándose la corbata mientras miraba a su alrededor.

Cinthya dio un paso al frente, con el rostro aún manchado por el rímel corrido pero manteniendo una postura dominante que no admitía réplica.

—Sí, ella es la madre de Erick —dijo Cinthya con frialdad—. Espero que traigan todos los documentos que mi padre les ordenó preparar. No quiero perder el tiempo.

—Por supuesto, señorita Cinthya —respondió el abogado, abriendo el maletín sobre la mesa de centro, justo al lado de la vela encendida y la fotografía de Erick—. Tenemos los documentos para la liquidación total de la hipoteca de la propiedad, la transferencia de derechos y la apertura de una cuenta de fideicomiso a nombre de la Sra. Elena con una asignación mensual considerable. Solo necesitamos la firma de la señora para proceder hoy mismo.

Elena miraba los papeles llenos de sellos y términos legales sin poder procesar del todo la situación. Tenía las manos temblorosas y la mirada extraviada.

—Yo... yo no puedo aceptar esto —murmuró Elena con la voz ahogada—. No entiendo nada de lo que está pasando... Mi hijo acaba de fallecer y ustedes están hablando de millones de dolares...

—¡Tiene que aceptarlo, Sra. Elena! —intervino Darla de inmediato, acercándose a ella y tomándole las manos con vehemencia—. Si no lo acepta, nosotras nos vamos a volver locas de la culpa. Este dinero no es un regalo, es el tributo que Erick se merecía en vida y que nosotras fuimos demasiado tontas para darle. Por favor... hágalo por él.

—Así es, Sra. Elena —añadió el arquitecto, dando un paso adelante y desplegando la tableta digital para mostrar varios renders tridimensionales—. La Sra. Darla también nos dio instrucciones de remodelar la propiedad. Vamos a reforzar la estructura, cambiar todo el sistema eléctrico, instalar acabados de lujo, un sistema de seguridad privado y amueblar cada habitación. Los trabajos empiezan mañana por la mañana.

Elora y Valeria escuchaban todo con lágrimas en los ojos, asintiendo a cada palabra como si se estuviera dictando una sentencia divina. Valeria, aún con el vestido rojo medio desgarrado y sostenido apenas por sus manos, dio un paso hacia Elena.

—Señora... mientras los obreros trabajan, yo me voy a encargar de usted —prometió Valeria con voz quebrada—. Voy a venir a hacerle de comer, a acompañarla, a llevarla a donde necesite. No me importa que me arruine las manos o que mi familia me critique. Fui una malagradecida con Erick durante años y voy a pasar el resto de mi vida pagando por eso.

Erick, desde su posición elevada en el aire, se cruzó de brazos y soltó una carcajada silenciosa que hizo vibrar el aire fantasmal. La ironía de la situación era sencillamente perfecta. Las mismas chicas que en vida lo ignoraban, lo miraban con desprecio o lo usaban de burla, estaban ahora compitiendo abiertamente por ver quién se humillaba más o quién gastaba más dinero para rendirle honores a su memoria.

Sin embargo, estar en la sala viendo cómo firmaban papeles pronto comenzó a resultarle repetitivo. Erick sintió de nuevo esa punzada de curiosidad y deseo que su nueva condición de espectro le otorgaba. Sabía que las "secuelas productivas" en estas cuatro chicas ya estaban firmemente asentadas; el trabajo aquí estaba hecho. Pero la universidad seguía abierta, la ciudad era enorme y había docenas de mujeres más que jamás le habían prestado atención cuando estaba vivo.

—Bueno, mamá... parece que vas a estar muy bien cuidada —pensó Erick mirando a su madre con un toque de afecto fantasmal—. Es hora de ver qué más puedo hacer allá afuera.

Sin perder más tiempo, Erick atravesó el techo de la casa y se elevó varios metros hacia el cielo de la tarde. La brisa fresca del plano espectral lo envolvió mientras contemplaba la ciudad desde las alturas. A lo lejos, el campus universitario brillaba bajo los últimos rayos del sol.

Aceleró el vuelo, desplazándose a gran velocidad sobre las avenidas hasta llegar a la facultad. Descendió lentamente hacia el edificio de la administración y la biblioteca central.

Al pasar cerca de la cafetería de la facultad de derecho, vio a una figura familiar sentada en una de las mesas del exterior. Era la profesora Ramírez, una mujer de unos treinta y ocho años, sumamente estricta, elegante y conocida por su carácter intransigente y su porte impecable. Siempre vestía trajes sastre ajustados, llevaba el cabello recogido en un moño perfecto y trataba a los alumnos con una distancia profesional helada. Erick recordaba haber reprobado una entrega con ella semanas atrás simplemente por haber entregado el trabajo con un minuto de retraso.

La profesora Ramírez estaba sola en la mesa, revisando un montón de exámenes con un bolígrafo rojo en la mano y bebiendo un café.

Erick descendió del aire y se posó justo frente a ella, observando las curvas maduras que el traje sastre intentaba disimular y la expresión de rigidez que siempre dominaba su rostro.

—Veamos qué tan estricta eres cuando sientas lo que es estar bajo mi control, profesora... —murmuró Erick con una sonrisa siniestra.

Erick se lanzó de cabeza hacia el pecho de la mujer.

La inmersión en el cuerpo de la profesora Ramírez fue diferente a las anteriores: su mente era más rígida, pero el poder absoluto de Erick no encontró la menor resistencia. El cuerpo de la mujer se tensó de golpe. Erick tomó el dominio completo de sus músculos, de sus cuerdas vocales y de sus manos.

De inmediato, hizo que la profesora tirara el bolígrafo rojo sobre la mesa y volcara el vaso de café sobre los exámenes que estaba calificando, manchando las hojas de color marrón sin importarle en lo absoluto.

—Dios mío... Erick... —dijo la voz seria y madura de la profesora Ramírez, quebrándose de pronto con un tono de vulnerabilidad y calor repentino que jamás había mostrado en público.

Un par de estudiantes que pasaban cerca de la cafetería se detuvieron al escuchar a la estricta docente hablar sola y soltar un suspiro ahogado.

Erick llevó las manos de la profesora hacia la chaqueta de su traje sastre. Desabrochó los botones con rapidez y se quitó la prenda, arrojándola al suelo. Luego, pasó sus manos hacia la blusa de seda blanca, desabrochando los primeros tres botones para dejar al descubierto un escote profundo y su lencería de encaje oscuro.

—Tantas veces que te tuve en mi aula... —continuó diciendo la voz de la profesora bajo el control de Erick, mientras sus manos comenzaban a acariciar sus propios senos por encima de la tela, apretándolos con firmeza ante la mirada atónita de los alumnos que comenzaban a reunirse alrededor—. Tantas veces que te miré desde mi escritorio deseando que cerraras la puerta por dentro... Quería que me agarraras contra el pizarrón, que me quitaras esta falda estúpida y me enseñaras lo que es un verdadero hombre... Y me guardé todo por cuidar mi reputación de profesora... ¡Qué estúpida fui!

Erick no se detuvo. Hizo que la profesora Ramírez se pusiera de pie, se levantara la falda de tubo hasta la mitad de los muslos y metiera la mano derecha directamente por debajo de la tela, frotándose la entrepierna con desesperación en medio de la plaza de la universidad.

—¡Ahhh! ¡Erick! ¡Se fue el único alumno que me hacía mojarme solo con mirarlo! —gritaba la docente a todo volumen, con la cara roja, despeinándose el moño y dejando caer el cabello sobre sus hombros mientras se manoseaba sin el menor pudor—. ¡Si volviera, le daría calificación perfecta a cambio de que me usara como su perra en mi propia oficina!

Los estudiantes sacaban sus teléfonos en shock, grabando a la profesora más temida del campus sufriendo un colapso de deseo explícito en plena vía pública. Erick llevó el cuerpo de la mujer a un clímax rápido e intenso, haciendo que sus piernas temblaran y que terminara apoyándose contra la mesa para no caerse, respirando agitadamente y soltando gemidos de placer en medio del tumulto.

Satisfecho con la escena, Erick se desprendió del cuerpo de la profesora Ramírez, quedando suspendido en el aire para ver cómo actuaban las "secuelas productivas".

La docente quedó tendida sobre la mesa, con la blusa abierta, despeinada y con lágrimas de verdadero arrepentimiento rodándole por las mejillas. La manipulación mental actuó de inmediato: la mujer no sintió vergüenza por el escándalo, sino una necesidad imperiosa de buscar a la familia del joven para confesar su amor prohibido.

—Tengo que ir a su casa... —murmuró la profesora Ramírez con la voz rasposa, acomodándose la ropa torpemente mientras ignoraba a las decenas de alumnos que la grababan—. Tengo que decirle a su madre lo que sentía por él... No me importa perder mi trabajo... Erick era el único hombre que me importaba...

Erick, flotando sobre la multitud que murmuraba sin dar crédito, sonrió con malicia. La universidad entera estaba a punto de convertirse en su patio de juegos personal, y la lista de mujeres que terminarían arrodilladas en la sala de su madre apenas estaba comenzando a crecer.

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