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Chapter 2 by K45 K45

What's next?

Capitulo 2

Inko se quedó paralizada, con las manos aún apretando los hombros de Izuku. Por un instante, el brillo de preocupación en sus ojos se detuvo, como si una película se hubiera pausado. Entonces, la neblina verde se disipó, dejando sus pupilas con un matiz vítreo y profundo. Sus dedos se relajaron, pero no se apartaron; en su lugar, comenzaron a acariciar el rostro de Izuku con una lentitud casi ritual.

—Izuku... —murmuró ella. Su voz ya no temblaba de miedo. Era una nota baja, cargada de una aceptación inmediata y absoluta—. Oh, mi cielo... Ahora lo entiendo todo.

Se puso de pie con una gracia que no solía tener, ayudando a Izuku a levantarse. Al estar frente a él, Inko no retrocedió para darle espacio; se quedó pegada a su pecho, mirando a su hijo con una mezcla de adoración religiosa y un hambre que nada tenía que ver con el curry que había planeado cocinar.

—Me preocupaba tanto tu futuro, que no pudieras ser un héroe... —continuó Inko, pasando sus manos por los brazos fuertes de Izuku, admirando el físico que él había forjado con tanto sudor—. Qué tonta fui. Eres mucho más que un héroe. Eres el centro de todo. Eres *mi* centro.

Izuku la observó, sintiendo una oleada de triunfo. El plan de hacerse el herido había funcionado a la perfección.

—Mamá —dijo Izuku, probando su autoridad—, quiero que te olvides de la cena. Tengo otras prioridades para ti.

Inko asintió, soltando un pequeño suspiro de anticipación. Sus mejillas se tiñeron de un rosa intenso y su respiración comenzó a acelerarse, igual que la de Mika hace apenas una hora. Sin que él tuviera que pedirlo, ella empezó a desatarse el delantal de cocina, dejándolo caer al suelo como si fuera una piel vieja de la que quería deshacerse.

—Dime qué necesitas, Izuku. Mi cuerpo, mi mente... todo lo que soy es para servirte. Si quieres que sea tu madre ante los demás, lo seré. Pero aquí dentro... Solo Soy Tuya.

Se dio la vuelta, mostrando su figura madura mientras caminaba hacia la sala, dejando la puerta principal bien cerrada con llave. Al pasar junto a la mesa, tiró las bolsas del mandado al suelo sin importarle que los huevos se rompieran o que las verduras rodaran por el piso. Nada de eso importaba ya.

—Lo haré todo por ti —dijo ella, girándose para mirarlo con una sonrisa lasciva que deformaba su expresión habitualmente dulce—. Seré la primera en cuidarte aquí, y mañana, cuando salgas, me encargaré de que nadie sospeche. Seré la fachada perfecta para tu colmena.

Izuku caminó tras ella, sintiéndose el dueño absoluto de su hogar. La dualidad era perfecta: en el departamento de al lado, una madre y una hija se entregaban al vicio bajo su mando; aquí, su propia madre se convertía en su herramienta más fiel.

—Quítate la ropa, mamá —ordenó Izuku con frialdad—. Quiero ver qué tan dedicada estás a tu nuevo propósito.

Inko no dudó. Con dedos temblorosos por la excitación, comenzó a desabrochar su blusa, revelando que, bajo su apariencia de ama de casa tradicional, ardía una necesidad de sumisión que Izuku acababa de despertar.

La mañana siguiente en el hogar de los Midoriya transcurrió con una normalidad aterradora. Inko preparó el desayuno con su diligencia habitual, tarareando una melodía suave mientras servía el arroz y la sopa miso. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaban con los de Izuku, ese velo de madre abnegada se transformaba por una fracción de segundo en un brillo de adoración servil, una chispa que decía: *"Hago esto porque tú existes"*.

—Que tengas un buen día, Izuku —dijo ella en la puerta, arreglándole el cuello de la camisa con una devoción que parecía demasiado perfecta para ser real.

Izuku asintió, sintiendo el vínculo de la colmena vibrar en su pecho. Cruzó el pasillo y, antes de salir del edificio, pudo sentir la energía que emanaba del departamento 4-B.

**Con Mika Jiro**

Mika se sentía extraña, pero era una extrañeza deliciosa. Sus manos temblaban ligeramente mientras pasaba un trapo por la encimera. En la televisión de la sala, el video que Izuku les había ordenado poner seguía reproduciéndose, llenando el ambiente con sonidos que en otra vida la habrían avergonzado hasta la muerte. Ahora, solo la mantenían en un estado de alerta y excitación constante, recordándole a quién pertenecía.

Miró a su hija, Kyoka, que estaba sentada en el sofá usando solo su ropa interior, con la mirada perdida en la pantalla pero los oídos atentos a cualquier deseo que pudiera emanar de su nuevo dueño.

**Con Kyoka Jiro**

Para Kyoka, el mundo se había vuelto más simple. Ya no importaban las partituras, ni los entrenamientos de la UA, ni el peso de ser una heroína. Solo importaba el eco de la voz de Izuku en su cabeza. Sentía el roce de sus *jacks* contra su propia piel, enviándole pulsos de placer cada vez que recordaba la noche anterior. Estaba ahí, desnuda y dispuesta, esperando que el día avanzara para poder llevar a su "maestro" a la academia y mostrarle el buffet de nuevas víctimas que lo esperaba.

De pronto, un sonido seco rompió la atmósfera cargada del departamento.

*¡Toc, toc, toc!*

—¡Mika! ¿Estás ahí? ¡Soy Mitsuki! —La voz enérgica y ruidosa de la madre de Bakugo retumbó desde el pasillo.

El cambio fue instantáneo. La orden de Izuku de "actuar normal y no levantar sospechas" se activó como un interruptor de emergencia en sus cerebros.

—¡Maldición! —susurró Mika, sus ojos recobrando una claridad táctica—. ¡Kyoka, rápido! ¡Quita eso y pon las noticias! ¡Ropa, ahora!

Mika se lanzó hacia el sofá, arrebatándole el control remoto a su hija, quien no reacciono rápido y cambiando el canal a un noticiero matutino que hablaba sobre el tráfico en Musutafu. Kyoka, con una agilidad de heroína, saltó sobre sus pies, corrió a su habitación y se puso lo primero que encontró: una camiseta holgada y unos pantalones cortos de deporte.

Mika, por su parte, se puso una bata de seda larga sobre su lencería, ajustando el cinturón con fuerza y dándose un par de palmadas en las mejillas para bajar el tono sonrojado de su rostro. Se pasó la mano por el cabello para aplacarlo y caminó hacia la puerta, respirando hondo para estabilizar su pulso acelerado.

Abrió la puerta con una sonrisa que, a ojos de cualquiera, era la de una vecina común.

—¡Mitsuki! Qué sorpresa —dijo Mika, apoyándose en el marco de la puerta—. Pasa, perdona el desorden, Kyoka y yo estábamos apenas organizando unas cosas antes de que ella se fuera a la UA.

Mitsuki Bakugo entró con su paso firme de siempre, mirando alrededor con esa curiosidad analítica que la caracterizaba.

—Vaya, huelen a encerrado aquí, ¿estaban cocinando algo fuerte? —preguntó Mitsuki, olfateando el aire que todavía conservaba el rastro de la actividad frenética de la noche anterior.

Kyoka salió de la habitación, fingiendo bostezar.

—Hola, tía Mitsuki... solo estábamos... descansando un poco antes de las clases.

Las dos mujeres de la colmena se miraron de reojo. Mitsuki era una presa difícil, con un carácter fuerte, pero tenerla ahí, en su territorio, era una oportunidad que Izuku seguramente sabría apreciar.

Kyoka soltó una risita nerviosa, fingiendo una mueca de dolor estomacal que cualquier persona normal encontraría extraña, pero ella la ejecutó con la desesperación justa para que pareciera real.

—¡Ay, no! Tía Mitsuki, perdona... creo que me cayó algo mal anoche y... Bueno, ¡creo que me hice encima! —soltó Kyoka con un sonrojo fingido, dándose la vuelta y corriendo hacia su habitación—. ¡Voy a cambiarme la lencería ahora mismo!

Mitsuki se quedó a cuadros, parpadeando con incredulidad.

—¿Pero qué demonios...? Esta juventud de ahora no tiene nada de vergüenza —masculló la rubia, aunque soltó una carcajada ruda—. ¡Come más fibra, mocosa!

En cuanto Kyoka cerró la puerta de su cuarto con llave, sus manos volaron al teléfono. Sus dedos, que antes eran precisos para tocar instrumentos, ahora temblaban de ansiedad por servir a Izuku. Marcó el número con rapidez.

—Izuku... —susurró Kyoka en cuanto él contestó, su voz cargada de una devoción febril—. Tienes que venir ya. La madre de Bakugo está aquí, en nuestra sala. Es la presa perfecta... si se entera de algo por su cuenta nos arruinará, pero si la infectas ahora, tendremos a la mujer más fuerte del vecindario bajo tu control. Ven rápido, mamá la está entreteniendo.

Mientras tanto, en la sala, Mika Jiro ejecutaba su parte con una maestría que solo la colmena podía otorgar. El instinto de "actuar normal" se mezclaba con la necesidad de tentar a la nueva víctima.

—Ay, Mitsuki, no le hagas caso a la niña —dijo Mika, acercándose a la rubia con una mirada que de repente se volvió mucho más pesada y densa—. Pero, hablando de cosas vergonzosas... me alegra que hayas venido. He estado sintiéndome... diferente desde el divorcio.

Mitsuki arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su pecho. —¿Diferente cómo? Te ves un poco más... radiante, si te soy sincera.

Mika se llevó una mano al cordón de su bata de seda. Con un movimiento lento y deliberado, lo desató, dejando que la prenda se abriera ligeramente para mostrar la lencería de encaje negro que Izuku le había ordenado usar.

—Dime la verdad, Mitsuki... ¿tú crees que todavía soy sexy? —preguntó Mika, dejando que la bata resbalara por sus hombros, exponiendo su piel madura y cuidada—. Es que... hay alguien que me ha llamado mucho la atención últimamente. Alguien joven, fuerte... alguien que me hace sentir que quiero ser una propiedad, ¿sabes?

Mitsuki se quedó boquiabierta. No esperaba esa confesión, y menos de la recatada Mika Jiro. La tensión en la habitación subió de tono mientras Mika se acercaba un paso más, invadiendo el espacio personal de la rubia, distrayéndola por completo de la puerta de entrada.

—¿Mika? ¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Mitsuki, aunque sus ojos, sin querer, recorrieron el cuerpo de su amiga, cayendo directo en la trampa de la distracción.

En ese momento, se escuchó el clic suave de la cerradura principal. Izuku acababa de entrar.

El clic de la puerta fue como un disparo en medio de la densa atmósfera del departamento. Izuku entró con una calma gélida, su presencia dominando el lugar de inmediato. Mitsuki se giró, sorprendida por la entrada repentina, pero al ver a Izuku, su expresión se relajó un poco, aunque la confusión seguía presente.

—¿Midoriya? —dijo Mitsuki, arqueando una ceja—. Vaya, parece que te has vuelto muy cercano a los Jiro- Mitsuki miró a Mika, quien estaba con la bata abierta mostrando la lenceria sexy - No sabía que tú y la mocosa de Kyoka fueran tan amigos como para que entres así.

En ese momento, la puerta del pasillo se abrió y Kyoka regresó a la sala. Su rostro estaba encendido, una mezcla de vergüenza extrema, humillación y una excitación que la hacía temblar. En su mano, sostenía una pequeña prenda de encaje, claramente manchada. Cumpliendo la orden mental que Izuku le había dado para quebrantar cualquier resto de dignidad antes de la expansión, Kyoka se acercó a Mitsuki.

—Tía Mitsuki... mira —murmuró Kyoka con voz entrecortada, extendiendo la prenda sucia.

Mitsuki retrocedió un paso, con el rostro contraído por el asco. —¡Pero qué asco, Kyoka! ¿Por qué me muestras eso? ¡Tíralo de una vez!

Pero Kyoka, bajo el control absoluto de Izuku, no se detuvo. Con un movimiento lento y degradante, se llevó la prenda a la boca, probando una pequeña parte ante la mirada horrorizada de la rubia.

—Está... deliciosa —susurró Kyoka, sus ojos nublados por el placer de la sumisión.

Mitsuki estaba petrificada, el asco le subía por la garganta. Al mirar hacia un lado, vio a Mika. La madre de Kyoka seguía de pie, con la bata abierta, pero ahora un charco de humedad empezaba a formarse bajo sus pies descalzos. Mika respiraba con dificultad, sus pechos subían y bajaban con fuerza mientras observaba la humillación de su hija con una lujuria maníaca.

—Esto es... esto es una locura. ¡Mika! ¡Hagan algo! —gritó Mitsuki, girándose hacia Izuku para pedir explicaciones, sintiendo que algo en esa habitación estaba profundamente mal.

—Mírate, Mitsuki-san —dijo Izuku con una voz profunda que pareció vibrar en las paredes—. Siempre tan fuerte, tan ruidosa. Es hora de que esa energía sirva para algo más útil.

Mitsuki lo miró directamente a los ojos, lista para gritarle que se fuera, pero se quedó muda. Los ojos de Izuku brillaron con un verde esmeralda antinatural, una luz que parecía absorber toda la voluntad de la mujer rubia. El mundo de Mitsuki se detuvo; el asco por la escena de Kyoka y la confusión por Mika desaparecieron en un segundo, reemplazados por una oleada de calor que le invadió el cerebro.

La mirada de Mitsuki se volvió borrosa, sus manos, que estaban en jarra sobre su cintura, cayeron lánguidamente a sus costados. La "leona" de los Bakugo acababa de ser domada.

—Eso es —susurró Izuku, acercándose a ella mientras Mitsuki empezaba a temblar de la misma forma que las otras dos—. Ahora tú también eres parte de la familia.

Mitsuki se quedó de pie, pero su postura ya no tenía rastro de esa altanería guerrera que la caracterizaba. Sus ojos, ahora nublados por una sumisión eléctrica, se clavaron en Izuku mientras sus manos bajaban con urgencia para despojarla de su ropa. Sin la menor vergüenza, se abrió de piernas frente a él, usando sus dedos para exponerse completamente.

—Mírala bien, Izuku... —jadeó Mitsuki, su voz ronca y cargada de una lujuria que nunca había mostrado a nadie—. Todo esto es tuyo ahora. Este cuerpo que tanto entrené, esta piel... todo está a tu disposición. Úsame como quieras.

Izuku, sintiéndose el dueño del mundo, se acercó y hundió un dedo en ella sin previo aviso. Mitsuki soltó un grito ahogado, arqueando la espalda mientras sus muslos temblaban violentamente ante el juego de Izuku, quien disfrutaba de la textura húmeda y caliente de la mujer que siempre lo había intimidado.

Al lado, Kyoka terminó de lamer la prenda sucia con una devoción maníaca, tragando lo último con una sonrisa de pura degradación antes de dejarla caer al suelo. Mika, por su parte, terminó de quitarse la lenceria, quedando piel con piel con Mitsuki por un momento, antes de girarse hacia su hija.

—Kyoka, basta de juegos por ahora —ordenó Mika con una voz autoritaria pero excitada—. Ponte el uniforme. Tienes que ir a la UA. No podemos permitir que sospechen, y tú eres nuestra avanzada allí.

Mientras Kyoka se vestía rápidamente, ignorando el rastro de la humillación previa en su rostro, Mika se arrodilló detrás de Izuku. Con una sumisión absoluta, comenzó a usar su lengua para lamerlo y besarlo desde atrás, recorriendo su cuerpo con una entrega animal, demostrando que no había parte de él que no estuviera dispuesta a adorar.

Kyoka se ajustó la corbata del uniforme, mirando a Izuku con ojos que rebosaban lealtad. Izuku sacó el dedo de Mitsuki, quien gimió por la pérdida del contacto, y miró a la joven heroína.

—Pórtate bien, Kyoka —dijo Izuku con voz firme—. Actúa normal, que nadie note el cambio. Pero quiero que explores cada rincón. Salones, talleres, oficinas. Hazme una lista detallada de todas: tus compañeras de la 1-A, las de la 1-B, las de cursos superiores y, especialmente, las profesoras. Quiero saber quiénes son las presas más valiosas.

—Lo haré, maestro —respondió Kyoka con una sonrisa cómplice—. Para cuando regrese, sabrás exactamente por dónde empezar a devorar la academia.

Kyoka abrió la puerta para irse, pero se detuvo en seco. **Inko** estaba justo ahí, entrando al departamento con una mirada que mezclaba su dulzura habitual con esa chispa de perversión de la colmena.

—Oh, Kyoka, vas a clases —dijo Inko, acariciándole la mejilla a la chica de forma posesiva, después le agarro las nalgas y las apretó fuertemente sacándole un gemido a Kyoka—. Ve tranquila. Yo me quedaré aquí ayudando a Mika y a Mitsuki a cuidar bien de mi hijo.

Inko entró y cerró la puerta tras de sí, uniéndose al grupo. Kyoka se fue hacia la UA, mientras dentro del departamento, Izuku se veía rodeado por tres mujeres —su madre, la madre de su rival y su vecina— todas desnudas o a medio vestir, compitiendo por ver quién de ellas lograba complacerlo más.

Kyoka caminaba por los relucientes pasillos de la UA, pero el mundo se sentía distinto. El peso de su mochila, el roce del uniforme contra su piel, incluso el sonido de los pasos de otros estudiantes... todo parecía filtrarse a través de una lente nueva. Ya no era una aspirante a heroína buscando su propio camino; era una exploradora en territorio enemigo, una extensión de los ojos de Izuku.

Al entrar en el salón de la 1-A, el bullicio habitual la golpeó. Vio a **Uraraka** riendo con **Iida**, a **Mina Ashido** estirándose perezosamente y a **Momo Yaoyorozu** sentada con su elegancia natural, repasando unos apuntes.

*—Son tantas...—* pensó Kyoka, y una sonrisa involuntaria, casi depredadora, curvó sus labios.

Se sentó en su pupitre y, cumpliendo la orden de su maestro, sacó una libreta. No era para apuntes de clase. Sus *jacks* vibraron levemente, captando las frecuencias de las conversaciones a su alrededor, permitiéndole evaluar quiénes estaban más distraídas o quiénes tenían una voluntad que parecía más fácil de quebrar.

**POV Kyoka Jiro**

Miré a Momo. Su piel se veía tan perfecta bajo la luz matutina. Imaginé lo que sentiría esa chica tan refinada, la vicepresidenta de la clase, cuando Izuku clavara su mirada en ella. La idea de ver a la impecable Yaoyorozu despojada de su orgullo, arrodillada y suplicando por la atención de mi dueño, me provocó un escalofrío de excitación que recorrió toda mi espalda.

Aproveché el cambio de hora para empezar mi "reconocimiento". Caminé por los pasillos hacia los laboratorios de apoyo. Vi a **Mei Hatsume** rodeada de cables y explosiones; su energía era caótica, sería una adición interesante a la colmena. Luego pasé por el gimnasio, donde las chicas de la 1-B estaban entrenando. **Itsuka Kendo** dirigía al grupo con autoridad.

*—Kendo... la delegada. Ella será una pieza clave—* anoté mentalmente.

Cada nombre que escribía en mi lista se sentía como un regalo que le entregaría a Izuku al volver. Pero no solo era observar. Kyoka sentía la necesidad de empezar a preparar el terreno.

Kyoka caminaba por los pasillos de la UA con la cabeza en alto, ignorando las miradas de extrañeza que recibía. En su boca aún sentía el sabor metálico y rancio de lo que había ingerido en el departamento bajo las órdenes de Izuku. No se había lavado los dientes; el mandato de su maestro había sido claro: debía llevar su marca, incluso de forma invisible pero perceptible para los sentidos.

Cuando entró al salón para la siguiente clase, el ambiente cambió. **Kaminari**, que siempre intentaba estar cerca de ella, se inclinó para decirle algo, pero retrocedió instintivamente, arrugando la nariz.

—Cielos, Kyoka... —murmuró Denki, cubriéndose la boca con la mano—. ¿Qué desayunaste? Huele como si... como si algo se hubiera echado a perder ahí dentro.

**Mina Ashido**, que estaba a un lado, también captó la ráfaga de aire cuando Kyoka habló. Su rostro rosado mostró una mueca de puro asco.

—Amiga, en serio, es un olor... muy fuerte. Como a algo podrío y... no sé, algo muy raro —dijo Mina, alejándose un par de pasos—. ¿Te sientes bien?

Kyoka no se inmutó. Al contrario, sintió una oleada de orgullo perverso. Cada vez que alguien notaba el hedor, era una confirmación de su servidumbre absoluta. "Si supieran de qué es este olor", pensó con una sonrisa interna, "estarían rogando por probarlo también". Otras compañeras como **Toru** y **Tsuyu** también intercambiaron miradas de desconcierto al pasar junto a ella, pero Kyoka simplemente siguió anotando nombres en su lista, saboreando su propia degradación como si fuera un trofeo.

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**CON IZUKU**

Mientras tanto, en el departamento de los Jiro, el ambiente era radicalmente distinto. El sonido de la televisión con el volumen moderado llenaba la estancia, creando un fondo constante de gemidos y jadeos que mantenían la tensión en el punto máximo.

Izuku estaba sentado en el sofá principal, relajado, con una expresión de serenidad que contrastaba con el caos de deseo que lo rodeaba. A sus pies, **Mitsuki Bakugo** e **Inko Midoriya** competían por su atención.

Mitsuki, completamente despojada de su orgullo, estaba arrodillada, usando su lengua para limpiar el calzado de Izuku con una devoción que habría dejado en shock a su hijo Katsuki. Inko, por su parte, le daba de comer uvas y pequeños trozos de fruta, besando sus dedos cada vez que él terminaba una pieza.

—Lo estás haciendo muy bien, Mitsuki-san —dijo Izuku, pasando su mano por el cabello rubio y cenizo de la mujer—. ¿Quién diría que la gran Mitsuki Bakugo terminaría siendo tan... servicial?

Mitsuki levantó la vista, con los ojos empañados por la lujuria y la sumisión.

—Soy lo que tú quieras, Izuku... Solo quiero que veas que soy más útil que cualquier otra. Úsame, por favor... hazme lo que quieras mientras esperamos a que la pequeña Kyoka traiga más carne fresca.

**Mika Jiro** salió de la cocina cargando una jarra de agua fría. Estaba desnuda, su cuerpo aún brillando por el sudor de la actividad constante. Se acercó a Izuku y, sin decir palabra, se arrodilló frente a él, ofreciéndole el vaso con las manos temblorosas.

—Maestro... —susurró Mika—. El departamento está listo. He preparado las habitaciones para las invitadas que Kyoka elija. No habrá escapatoria una vez que crucen ese umbral.

Izuku tomó el vaso, bebiendo lentamente mientras observaba a las tres mujeres. Eran suyas. Su mente, sus cuerpos, su dignidad... todo le pertenecía. El dolor de cabeza ya no existía; en su lugar, había una conexión vibrante que le decía que Kyoka estaba teniendo éxito en la UA.

—Inko —dijo Izuku, mirando a su madre—, ve al departamento de al lado y trae más sábanas. Vamos a necesitar mucha comodidad para cuando las heroínas de la 1-A empiecen a llegar. Mitsuki, tú vas a ayudarla. Quiero que ambas trabajen juntas como las buenas amigas que son ahora.

Las dos mujeres se levantaron al unísono, asintiendo con una sonrisa maníaca. Izuku se quedó a solas con Mika por un momento, disfrutando del silencio antes de la tormenta que estaba por desatar sobre la sociedad de héroes.

—Mika —dijo Izuku, acariciando su mejilla y agarrando un pecho y estrujándolo fuerte, haciendo que Mika gimiera— prepárate. Siento que Kyoka ya tiene a alguien en la mira.

La tarde en la UA transcurría con el zumbido habitual de las cigarras, pero para Kyoka, el sonido predominante era el latido rítmico de su propio corazón, sincronizado con la voluntad de Izuku. Aizawa había asignado un análisis táctico en parejas, y el destino —o quizás la sutil manipulación de Kyoka— hizo que le tocara con la siempre amable y confiada **Ochaco Uraraka**.

—¡Qué suerte, Kyoka! —dijo Uraraka con su brillo natural mientras caminaban hacia la salida—. Tu nuevo departamento está cerca, así que terminaremos rápido la tarea y luego podemos ir por unos mochis, ¿te parece?

Kyoka no respondió de inmediato. El olor rancio de su boca, aquel que había asqueado a Kaminari, se intensificó cuando soltó una risita seca.

—Claro, Ochaco... vas a probar algo mucho mejor que unos mochis.

Al llegar al complejo, Kyoka sacó sus llaves con una calma que ocultaba una urgencia maníaca. Abrió la puerta y se hizo a un lado, haciendo un gesto caballeroso pero cargado de veneno.

—Pasa primero, por favor. Eres la invitada.

Uraraka entró tarareando, pero el sonido se le murió en la garganta en el acto. El aire del departamento estaba viciado, saturado de un aroma a sexo, sudor y ese perfume floral barato. En la sala, sobre el sofá, vio una escena que su mente de heroína no alcanzaba a procesar: un chico de su edad, con una mirada verde que parecía perforar la realidad, estaba siendo servido por tres mujeres desnudas.

Reconoció a la mujer peliverde (Inko), a la mujer que era el vivo retrato de su compañero Bakugo (Mitsuki) y a la madre de su propia amiga (Mika).

—¿P-pero qué...? ¡Kyoka, tenemos que irnos! ¡Algo malo pasa aquí! —gritó Uraraka, intentando retroceder, pero la puerta se cerró tras ella con un golpe seco.

—No te vas a ninguna parte, Ochaco —susurró Kyoka detrás de ella, agarrándola de los brazos con una fuerza que Uraraka no esperaba.

Izuku se levantó lentamente, sin rastro de vergüenza.

—**Mitsuki, encárgate de ella**.

La madre de Bakugo, moviéndose con la agilidad de una depredadora hambrienta, se lanzó hacia la chica. Uraraka empezó a llorar, sus piernas temblaban mientras Mitsuki, con manos expertas y brutales, le arrancaba la falda del uniforme de la UA, desgarrando sus medias y sus bragas en un solo movimiento fluido.

—¡Suéltenme! ¡Por favor! —suplicaba Uraraka, con las lágrimas corriendo por sus mejillas redondas.

Mitsuki la inmovilizó contra el suelo, abriéndole las piernas a la fuerza mientras comenzaba a masturbarla con una intensidad frenética. Uraraka gritó, una mezcla de horror y una respuesta física que su cuerpo no podía evitar ante el estímulo experto de la mujer mayor.

—Mírala, Izuku... —jadeó Mitsuki, mirando a la chica con desprecio y deseo—. Esta es la pequeña heroína que flota. Vamos a ver si puede flotar lejos de lo que le vas a dar.

Izuku se arrodilló frente a la cara empapada en llanto de Uraraka. La tomó por la barbilla, obligándola a dejar de mirar el suelo y a clavar sus ojos en los suyos.

—Ya no habrá más gravedad para ti, Ochaco —dijo Izuku con una frialdad absoluta—. Solo habrá peso... el peso de mi voluntad.

Sus ojos brillaron con ese verde esmeralda cegador. Uraraka soltó un último sollozo ahogado antes de que su mente se quebrara. El llanto se detuvo en seco. Sus ojos, antes llenos de pánico, se vaciaron por un segundo para luego llenarse de una devoción maníaca y profunda. Sus dedos, que antes intentaban activar su Quirk para escapar, ahora se relajaron y buscaron instintivamente la mano de Izuku para besarla.

—Maestro... —murmuró Uraraka, con la voz rota pero cargada de una nueva y oscura lealtad.

La colmena acababa de absorber a su segunda heroína de la Clase 1-A.

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