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Chapter 4 by K45 K45

What's next?

Capitulo 4

El viaje de regreso a casa fue un infierno de silencio para Katsuki. Escoltado por un profesor que lo miraba con decepción, el rubio solo podía apretar los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Al llegar, la puerta se abrió y fue recibido por el silencio de su hogar, pero un silencio extraño, denso, con un olor que no lograba identificar.

—¡Ya llegué, vieja! —gritó Bakugo con su habitual tono defensivo, entrando a la sala.

Al principio, **Mitsuki** parecía normal. Estaba de espaldas, arreglando unas cosas, pero su postura era diferente, más lánguida. Cuando Katsuki caminó hacia el centro de la habitación, se quedó helado. La televisión gigante de la sala estaba encendida a todo volumen con escenas de pornografía explícita. Mitsuki estaba sentada frente a la pantalla, gimiendo entre dientes mientras se masturbaba sin pudor alguno.

—¡¿PERO QUÉ MIERDA HACES?! —rugió Katsuki, sintiendo que la sangre se le subía a la cara. El shock fue tal que, a pesar del asco, una chispa de excitación traicionera recorrió su cuerpo al ver a su madre en ese estado de perdición absoluta.

Intentó darse la vuelta para salir corriendo, pero la voz de Mitsuki, ahora profunda y cargada de una autoridad oscura, lo detuvo en seco.

—Katsuki... No te muevas. Ven aquí ahora mismo. Necesito algo de ti.

Bakugo, como si sus pies pesaran toneladas, se giró. Ahora la vio de frente. Mitsuki estaba completamente desnuda, su piel brillaba por el sudor y la excitación. Tenía las piernas abiertas de par en par, una mano moviéndose frenéticamente en su parte íntima y la otra apretando su propio seno con fuerza, mientras sus ojos estaban fijos en la pantalla y luego en él.

—¡ESTÁS LOCA! ¡¿DÓNDE ESTÁ EL VIEJO?! ¡VOY A LLAMARLO AHORA MISMO! —gritó Bakugo, temblando.

Mitsuki soltó una carcajada que sonó a veneno puro.

—Tu padre no va a venir, Katsuki. El pobre infeliz fue detenido hace una hora. Intentó violar a **Mika Jiro** en plena calle... al menos eso es lo que dicen todos los testigos y las cámaras. Está acabado. Yo soy la que tiene el poder aquí ahora.

Bakugo sintió que el mundo se desmoronaba. Todo era un plan maestro de Izuku para dejarlo solo.

—Ahora —continuó Mitsuki, con una sonrisa lasciva—, quítate la ropa. Sal al porche delantero, donde todos puedan verte, y caga en el suelo. Y después... te lo vas a comer todo, hasta que no quede rastro. Si no lo haces, te echo a la calle ahora mismo, sin nombre, sin hogar y con la vergüenza de tu padre sobre tus hombros.

Katsuki retrocedió, con los ojos llenos de terror y una excitación que lo humillaba internamente.

—¡No puedes obligarme! ¡Eso es... ¡eso es imposible!

—Hazlo, Katsuki —susurró una voz desde las sombras del pasillo.

**Izuku** salió de la oscuridad, vistiendo ropa cómoda, con una mirada de triunfo absoluto. Al verlo, Mitsuki gimió más fuerte, demostrando quién era su verdadero dueño.

—Es el precio por ser un "héroe" tan ruidoso —dijo Izuku—. Obedece a tu madre, o verás lo que es la verdadera desesperación.

### POV KATSUKI ###

El mundo se me estaba cayendo a pedazos y yo no podía hacer más que temblar como un maldito extra.

Mis pulmones ardían. Cada vez que inhalaba, ese olor dulzón y rancio que inundaba la casa se me metía hasta el cerebro, entumeciéndome los pensamientos. Miré a mi madre —a la mujer que siempre me había gritado por ser un maleducado— y no pude reconocerla. Estaba ahí, abierta de piernas, tocándose con una desesperación que me revolvía el estómago y, al mismo tiempo, me hacía sentir un calor traicionero en la entrepierna que odiaba con toda mi alma.

—¿Papá... ¿hizo qué? —logré articular. Mi voz sonaba pequeña, patética.

—Está acabado, Katsuki —dijo ella, y verla reírse de la desgracia del viejo me rompió algo por dentro.

Entonces apareció él. Deku.

Pero no era el maldito nerd inútil de siempre. Su presencia llenaba la habitación, pesada, asfixiante. Me miraba como si yo fuera un insecto al que finalmente le había arrancado las alas. Verlo ahí, en mi casa, controlando a mi madre con una sola mirada, me provocó una rabia ciega, pero mis músculos no respondían. Era como si mi propio cuerpo lo reconociera como a un superior.

—Hazlo, Katsuki —repitió Deku. Su voz no era un grito, era una sentencia.

Sentí mis manos moverse solas. Mi orgullo gritaba que activara mis explosiones y volara toda la manzana, pero mis dedos solo obedecían la orden de la vieja. Me desabroché el pantalón. Cada centímetro de piel que quedaba al aire me hacía sentir más pequeño, más humillado. Estaba desnudo en medio de mi sala, frente al tipo que siempre desprecié y frente a mi madre, que me miraba como si yo fuera basura comestible.

Caminé hacia el porche. El aire frío de la tarde me golpeó la piel, pero no me alivió. Estaba expuesto. Cualquier vecino, cualquier extra que pasara por la calle podía verme.

Me puse en cuclillas. El suelo de madera del porche se sentía áspero bajo mis pies. Mis ojos ardían, nublados por lágrimas de pura rabia y vergüenza. Escuché la risa de mi madre desde adentro y el silencio sepulcral de Deku, que sabía que me tenía quebrado.

Hice lo que me ordenaron. El sonido y el olor me provocaron arcadas inmediatas. Me sentía como un animal, un perro rabioso al que finalmente habían puesto de rodillas.

—Ahora... cómelo —la voz de mi madre llegó desde la ventana, cargada de una excitación enferma.

Miré hacia abajo. Mi dignidad estaba ahí, tirada en el suelo. Si lo hacía, dejaría de ser Katsuki Bakugo para siempre. Si no lo hacía, lo perdía todo. Miré hacia la ventana y vi a Deku apoyado en el marco, con una mano en el hombro de mi madre. Él sonrió.

Cerré los ojos, sintiendo que el "héroe" dentro de mí moría de la forma más asquerosa posible, y me incliné hacia el suelo.

Inko caminaba por el reluciente centro comercial de Musutafu con una serenidad inquietante. Llevaba las bolsas de las compras con una mano, mientras que en su mente resonaba la voz de Izuku como un mantra sagrado. Para cualquier extraño, ella era solo una madre dedicada, pero bajo esa apariencia latía una devoción maníaca que exigía ser alimentada con actos de absoluta degradación.

Tras terminar con los recados, Inko se dirigió a la sección de frutería. Sus ojos recorrieron los estantes con una precisión quirúrgica hasta que sus dedos se cerraron sobre dos pepinos grandes, firmes y de piel rugosa. Pagó con una sonrisa mecánica y se dirigió a los baños más apartados del complejo.

**POV Inko Midoriya**

Al entrar, me aseguré de que los cubículos estuvieran vacíos. Me encerré en el último. El olor a desinfectante pronto fue reemplazado por el de mi propio cuerpo excitado. Me despojé de mi ropa interior, sintiendo el frío del azulejo contra mi piel. Tomé el primer pepino; no era comida, era un instrumento de mi lealtad hacia mi hijo.

Lo introduje en mi vagina con un gemido sordo, sintiendo cómo mi cuerpo cedía ante la presión sacando y metiéndolo hasta llegar al orgasmo. Luego, sin dudarlo, lo llevé hacia atrás. La sensación de estiramiento en mi culo era dolorosa pero embriagadora, porque sabía que estaba rompiendo cada regla de decencia que alguna vez me enseñaron. Al sacarlo, el vegetal estaba cubierto de un rastro oscuro y rancio.

Cumpliendo la orden de mi pequeño maestro, ****í el extremo del pepino, saboreando mi propia suciedad con una sonrisa lasciva. El sabor era fuerte, amargo, pero en mi mente era la ambrosía de la colmena. Pero faltaba la segunda parte del encargo.

Salí del cubículo, limpiándome la boca con el dorso de la mano, y me quedé esperando junto a los lavabos. Entonces entró ella.

Era una chica joven, de tercer grado por lo que decían sus insignias, con un cuerpo atlético y una melena corta, naranja y revoltosa que parecía desafiar la gravedad. Se veía fuerte, vibrante, el tipo de presa que a Izuku le encantaría domar. Ella se detuvo al verme, confundida por mi mirada fija.

—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó la pelinaranja, acercándose con ingenio heroico.

No respondí con palabras. Con una velocidad que solo la adrenalina de la infección podía darme, saqué el segundo pepino —el que aún conservaba el rastro de mi interior— y me abalancé sobre ella. La chica intentó usar sus reflejos, pero la sorpresa fue total. La acorralé contra la pared, usando mi peso para inmovilizarla.

—Prueba el regalo de mi hijo —susurré, mientras le apretaba las mejillas con fuerza para obligarla a abrir la boca.

La chica forcejeó, sus ojos naranjas se abrieron de par en par con puro horror al oler lo que venía hacia ella. Pero yo era más fuerte en ese momento. Le hundí el vegetal en la boca a la fuerza, obligándola a tragar el rastro de mi caca mientras sus manos golpeaban mis hombros inútilmente. El asco la hizo convulsionar, sus lágrimas de humillación humedecieron mis manos.

—No luches, pequeña —le dije, viendo cómo su voluntad empezaba a tambalearse por el shock—. Esto es solo el comienzo de tu nueva vida.

Inko apretó los dientes, manteniendo la presión hasta que los ojos de la chica de tercer año, se pusieron en blanco por el asco y la falta de aire. Con un movimiento seco y preciso, Inko le propinó un golpe en la nuca, dejando el cuerpo de la joven heroína desplomado sobre el frío suelo del baño.

Justo en ese momento, una señora mayor entró al baño y soltó un grito al ver la escena. Inko, sin perder la compostura y con una mirada de fingida confusión maternal, señaló a la chica y luego al pepino sucio.

—¡Oh, menos mal que llega alguien! —exclamó Inko con voz temblorosa—. No me lo va a creer, pero la pobre muchacha y yo tuvimos un accidente... nos hicimos caca encima por algo que comimos en la feria, ¡y a la niña le dio un ataque de locura! Empezó a comerse lo que no debía por puro impulso del shock y se desmayó del asco. ¡Es terrible!

La señora se quedó petrificada, tan asqueada por la explicación tan estúpida y bizarra que ni siquiera se atrevió a acercarse. Aprovechando la confusión, Inko cargó a la chica sobre su hombro con una fuerza antinatural y salió a paso rápido hacia el estacionamiento. Subió a la inconsciente heroína al auto y arrancó a toda velocidad hacia el departamento de los Jiro.

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### En el Departamento de los Jiro

La casa de Mika era, efectivamente, la más amplia, convirtiéndose en el centro de operaciones de la colmena. Izuku estaba sentado en el sillón principal, con **Mika** dándole un masaje en los pies mientras **Kyoka** y **Uraraka** practicaban poses de sumisión frente a él, ambas aún vistiendo sus uniformes de la UA pero con miradas vacías y lascivas.

La puerta se abrió e Inko entró arrastrando a la chica de tercer año.

—Izuku, tesoro, te traje un postre de la academia —dijo Inko, dejando caer el cuerpo de la pelinaranja a los pies de su hijo.

Izuku sonrió, viendo el rastro de suciedad en la boca de la nueva víctima. —Buen trabajo, mamá. Déjala ahí, pronto despertará siendo parte de nosotros.

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### Mientras tanto, en la Casa de los Bakugo

El silencio en el hogar de los Bakugo era sepulcral, solo roto por el sonido de una lengua recorriendo la madera del porche. **Katsuki** estaba en cuatro patas, con lágrimas de rabia contenida surcando sus mejillas, cumpliendo la orden final.

**Mitsuki** estaba de pie sobre él, con una mano apoyada en la cadera y la otra sosteniendo un cigarrillo, mirando a su hijo con una frialdad absoluta.

—Limpia bien ese charco, Katsuki —ordenó Mitsuki, dándole una patada suave en la costilla—. No quiero ver ni una mancha de lo que hiciste. Tienes que saborear cada gota de tu propia debilidad si quieres seguir viviendo bajo este techo.

Katsuki, con el espíritu totalmente fragmentado, lamió el suelo con desesperación. Cada vez que su lengua tocaba la suciedad, sentía que el "Kacchan" que todos conocían desaparecía, dejando solo un recipiente vacío que gritaba por la aprobación de la colmena.

El despertar de Yuyu Haya fue como emerger de una pesadilla para entrar en otra mucho más densa y asfixiante. Lo primero que sintió fue un dolor punzante en la nuca y un sabor... un sabor que la hizo querer arrancarse la lengua. Aquel regusto amargo, rancio y metálico seguía ahí, pegado al paladar, recordándole la última imagen que tenía antes de la oscuridad: la madre de Midoriya, con una fuerza de pesadilla, hundiendo ese vegetal sucio en su boca.

**POV Yuyu Haya**

Mis párpados pesaban toneladas. Intenté mover las manos para limpiarme la boca, pero no pude. Mis muñecas estaban sujetas a algo firme. Cuando finalmente logré abrir los ojos, la luz del techo me cegó por un segundo. No estaba en el centro comercial. No estaba en el hospital.

Estaba en una sala de estar amplia, lu pero que olía a sudor, a sexo y a algo que solo podía describir como "sumisión".

—Vaya, la bella durmiente de tercer año finalmente ha despertado —una voz masculina, joven pero cargada de una autoridad que me hizo vibrar los huesos, retumbó en la habitación.

Enfoqué la vista. En el centro, sentado como un rey, pero sus ojos no eran los de una persona normal. Eran dos pozos de color verde esmeralda que parecían ver a través de mi ropa, de mi piel, directo a mi voluntad.

A su lado, vi a mis compañeras de la UA. Uraraka y Jiro. Estaban de rodillas, con las miradas perdidas y una sonrisa de satisfacción enferma. Jiro me miró y se lamió los labios.

—¿Te gustó el regalo de Inko-san, Yuyu-senpai? —preguntó Jiro, su voz era un ronroneo—. Estás muy sucia... necesitas que el maestro te limpie.

—¿Qué... ¿qué es esto? —logré balbucear, pero mi propia voz me sonó extraña, como si ya no me perteneciera—. ¡Suéltenme! ¡Nejire vendrá a buscarme! ¡La UA se enterará!

Intenté activar mi Quirk, buscar esa energía que siempre me permitía defenderme, pero no había nada. Era como si mi conexión con mis poderes hubiera sido cortada.

Izuku se levantó del sofá y caminó hacia mí. Cada paso que daba hacía que mi corazón latiera con más fuerza, no solo de miedo, sino de una anticipación que me daba asco admitir. Se arrodilló frente a mí y tomó mi barbilla con sus dedos, obligándome a mirar ese brillo verde.

—Nejire no vendrá a salvarte, Yuyu —susurró Izuku, su aliento rozando mis labios—. Nejire vendrá a unirse a ti. Eres la primera pieza del tercer año. Mírate... tan fuerte, tan orgullosa... y ahora tienes el sabor de nuestra familia en tus entrañas.

—No... por favor... —las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas.

Pero mientras lo miraba, el odio empezó a disolverse. Ese verde esmeralda se sentía cálido, acogedor. La humillación de lo que Inko me había obligado a comer, se transformó de repente en un lazo, una marca que me decía que yo ya no tenía que decidir nada. Mi mente, agotada de intentar entender la locura, simplemente se rindió ante la mirada de ese chico.

—Eso es, Yuyu —dijo Izuku, su sonrisa ensanchándose—. Deja de pelear. Eres propiedad de la colmena ahora.

Sentí cómo un calor eléctrico recorría mi columna vertebral. El sabor rancio en mi boca ya no me daba asco; ahora era una señal de que él me había elegido. Mi cabeza cayó hacia adelante, rindiéndose, mientras las otras mujeres se acercaban para empezar a "limpiarme" y darme la verdadera bienvenida.

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